La palabra ‘disciplina’ le recuerda a muchos castigos físicos, mentales y privaciones. Es importante desvanecer ese mito y entender que disciplina es enseñar. Disciplina es el enseñar el manejo de la frustración de una manera funcional, enseñar a distinguir lo bueno de lo malo, enseñar cuales son las expectativas de comportamiento.
Otro gran mito es el pensar que miedo y respeto es sinónimo de disciplina. El miedo sólo conduce a que el niño haga las cosas a escondidas y a que no confíe en sus habilidades para resolver situaciones de forma exitosa. Además, ‘respeto’ obtenido por medio de estrategias de miedo no constituye una garantía de modificación de conducta perdurable.
Muchos piensan que el aplicar estrategias disciplinarias es algo que se debe postergar hasta que el niño demuestre mayores habilidades de razonamiento. Es importante entender que la capacidad de razonar influencia el tipo de estrategia disciplinaria y no el uso de la disciplina. Por lo tanto, demostrarle al niño lo que se espera de él y lo aceptable de lo inaceptable no es algo que tiene por que postergarse.
El éxito al disciplinar depende, en gran medida, de la comunicación entre los adultos en la vida del niño, y la consistencia en la aplicación de las estrategias disciplinarias. Para disciplinar hace falta que todos los adultos lleguen a un acuerdo sobre las situaciones y conductas que ameritan intervención. Al todos estar de acuerdo, aumentan las posibilidades de que se impartan consecuencias de forma consistente. El ser consistente demuestra al niño, de forma clara y precisa, lo que se espera de él.
También es importante reconocer la etapa de desarrollo del niño al decidir que comportamientos requieren intervención y que tipo de intervención se puede aplicar. Como regla general, mientras más pequeño el niño mas se debe utilizar la remoción del ambiente y la distracción como estrategias disciplinarias.
El castigo debe considerarse una estrategia disciplinaria para situaciones en los que se quiere comunicar claramente que el comportamiento es inaceptable. Los castigos deben ser realistas, con principio y fin, y que el niño este consciente de la razón por la cual se le castiga y, cuando finalice el castigo, repasar la razón para estar castigado y pedir una disculpa. Obviar este paso redunda en perder la oportunidad de desarrollar introspección y entendimiento en el niño. El castigo nunca debe incluir golpes, confinamiento, y amenazas. El castigo físico y mental solo redunda en baja autoestima, enseña que se puede perder el autocontrol cuando se esta frustrado, y desvía la atención del comportamiento indeseado hacia la persona que golpea.
La realidad de disciplinar un niño implica flexibilidad, creatividad, tolerancia, colaboración, consistencia, y sobre todo, recordar que se esta cultivando un regalo para el mundo. Un niño que sabe lo que se espera de el es un niño más feliz, más sociable, y con mayor seguridad en sí mismo.
Escrito por Lisette Morales Lugo MS/PD
La autora es dueña de Caminos de Aprendizaje y posee una Maestría en Educación Especial y un Doctorado Profesional en Psicología Escolar.
